Las preguntas que hacerse antes de decidir
- ¿Cómo suena con los apellidos? Pronuncie el conjunto en voz alta, varias veces. Cuidado con los enlaces involuntarios y con las repeticiones de sonidos idénticos.
- ¿Qué dan las iniciales? Compruebe que no forman una sigla o una palabra desafortunada.
- ¿Será fácil de escribir y de pronunciar a diario, en la escuela, por teléfono, en las otras lenguas con las que el niño convivirá?
- ¿Qué diminutivos saldrán de él de forma natural? Son los que se usarán buena parte del tiempo.
- ¿Lleva una carga? Nombre de un familiar fallecido, de un ex, de un personaje muy marcado: el niño heredará la historia que va con él.
- ¿Resistirá la edad adulta? Un nombre se lleva a los 6 años como a los 60.
Originalidad: la dosis justa
El deseo de distinguir al hijo es legítimo, pero dos escollos opuestos se juntan. Un nombre muy extendido en su generación condena a ser «Lucía B.» toda la escolaridad; un nombre demasiado inventivo — ortografía creativa, acumulación de consonantes, grafía fantasiosa — obliga a deletrearlo toda la vida y, según varios estudios sobre la contratación, puede jugar en contra a currículum equivalente. Un buen compromiso consiste a menudo en elegir un nombre identificable y pronunciable, pero poco frecuente en la franja de edad: los ficheros de nombres publicados por los institutos estadísticos permiten precisamente comprobarlo.
Cómo funciona una moda de nombres
Los rankings cambian cada año, pero los mecanismos que los producen son estables y valen en todas partes. Conocer cuatro basta para leer cualquier clasificación, en cualquier país.
- El ciclo del siglo. Un nombre vuelve cuando ha dejado de ser el de los padres para volver a ser el de los bisabuelos: hacen falta unas tres o cuatro generaciones para que pierda su etiqueta de «viejo». Es lo que trae hoy de vuelta a Martina, Julia, Mateo o Manuel, y lo que traerá de vuelta los nombres de los años 1980 hacia 2070.
- La curva de adopción y abandono. Un nombre sube porque es raro, luego se vuelve común, luego lo abandonan los mismos que lo lanzaron. Un nombre en fuerte subida es, pues, casi mecánicamente, un nombre que estará muy extendido en la franja de edad de su hijo.
- Las sonoridades antes que las referencias. La moda actual, común a casi todos los países occidentales, favorece los nombres cortos, ricos en vocales y pronunciables en varias lenguas: dos sílabas, final en -a o en -o, pocas consonantes duras. Es lo que explica que se encuentren los mismos Noah, Emma, Leo, Olivia o Mia de un país a otro.
- El hundimiento de la concentración. El nombre número uno ya no representa más que alrededor del 1 % de los nacimientos, frente a más del 20 % hace un siglo. Ser primero del ranking ya no significa en absoluto lo que significaba para la generación anterior: incluso el nombre más puesto sigue siendo minoritario.
El desfase entre países
La misma moda atraviesa las fronteras con varios años de retraso. Un nombre que ya está en lo alto en el país vecino a menudo está subiendo en el suyo: es el mejor indicador disponible de lo que será la clase de su hijo dentro de seis años.
Los nombres compuestos y múltiples
Nada obliga a limitarse a un nombre: el acta de nacimiento puede llevar varios, y cualquier nombre inscrito puede elegirse después como nombre de uso. Es una flexibilidad útil, que permite por ejemplo honrar una tradición familiar en segunda posición sin imponerla a diario. Los nombres compuestos del tipo María José o Juan Carlos, tan característicos del mundo hispano, siguen la misma lógica: uno de los dos acaba imponiéndose en el uso.
Ponerse de acuerdo entre dos
Un método sencillo evita muchas tensiones: cada uno establece solo una lista de diez nombres que le gustan, sin discusión previa; después solo se conservan los que figuran en las dos listas, y se hace otra ronda si la intersección está vacía. Eso evita el juego del veto, en el que cada uno demuele las propuestas del otro.
